viernes, julio 31, 2009

Salvador Bartolozzi: notas para una biografía (2)

Ilustración para el texto de Joaquín Dicenta "De la vida que pasa. Juego de Chiquillos", La Esfera 144 (30-IX-1916)

1.Infancia y adolescencia. La Escuela de Bellas Artes de San Fernando. Fuente: Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes

Salvador Bartolozzi Rubio, nacido en Madrid el 6 de abril de 1882, era el primogénito de Lucas Bartolozzi, toscano natural de Lucca, y Obdulia Rubio, segoviana de Villacastín. El matrimonio tuvo otros tres hijos: Benito, que alcanzaría cierto renombre como escultor, Paquita y Carlos.

Antonio Espina transcribe un texto del propio dibujante, "una autobiografía de la que sólo llegó a trazar tres cuartillas manuscritas" en la que esboza algunos recuerdos de estos primeros años de su infancia y su adolescencia, marcados por la muy precaria situación económica de la familia3; su tono evocador no esconde cierta impresión dolorosa, pues, como apunta su biógrafo: "Salvador Bartolozzi recordaba como una pesadilla aquel amargo tiempo de su niñez y comienzos de adolescencia ensombrecido por la miseria. (Por eso la tuvo tanto terror durante toda su vida)" 4. Este es el capítulo inicial y único titulado "Mi infancia":

"Nací el 6 de abril del año 1882, en la calle de Campomanes, donde mis padres tenían una tiendecita de figurillas de escayola. Mi madre era segoviana, de Villacastín. Mi padre era italiano, de Toscana

Mal debían de andar los negocios en la tiendecita, porque poco tiempo después de nacer yo, mis padres levantaron el tabanque y se trasladaron a una casa de la calle Claudio Coello, donde se instalaron en un sotabanco interior. Allí nació, año y medio después que yo, mi hermano Benito.
Mi padre era vaciador y trabajaba —cuando podía— en estudios de escultores o en el taller de vaciado de la Escuela de Bellas Artes de San Fernando. Cuando había trabajo la cosa no marchaba del todo mal, pero en las temporadas en que éste escaseaba mi madre —mujer resignadamente laboriosa— tenía que subvenir a las necesidades del hogar, empleándose como asistenta y haciendo, como ella decía de un céntimo, dos.

Una circunstancia trágica —el suicidio del portero— dejó vacante la portería de la casa donde vivíamos y mi madre solicitó y obtuvo este empleo, retribuido con una habitación gratis y tres duros de salario al mes. La habitación se componía de tres piezas: la cocina y dos cuartos más amén de un minúsculo retrete. La portería estaba enclavada en la planta baja, al nivel de los sótanos y abría sus puertas a dos patios, uno delantero y trasero el otro. Ventanas no tenía.



Toda mi infancia y gran parte de mi juventud pasaron en este cuchitril, donde transcurrieron mis años más claros y mis sueños más exaltados. Recuerdo ahora mi vida miserable de aquellos primeros tiempos, ¡y, sin embargo!...
En aquella portería empecé a vivir, a soñar, a amar, a creer en mí... ¡a desconfiar de mi! He vivido en muchos sitios, en diversos países, pero de ninguno guardo un recuerdo tan emocionado como de aquella humilde portería de la calle de Claudio Coello.

Cuando bajamos a la portería tendría yo mis buenos cinco años. Madrid era entonces una gran ciudad que limitaba al norte con la calle de Lista, al sur con la antigua iglesia de la Concepción, al este con la calle de Velázquez y al oeste con el hotel de Villapadierna. A medida que fui creciendo estas fronteras fueron ensanchándose.
Mis padres acordaron mandarnos al colegio; en mi casa estorbábamos y en la calle nos rompíamos mucho. Mi pobre madre no daba abasto para remendar delantales y pantalones. El colegio —municipal— estaba situado en la misma calle de Claudio Coello entre la de Ayala y la de Hermosilla.

Mi hermano y yo salíamos temprano con algunos trozos de pan de la víspera y diez céntimos que mi madre nos entregaba para el desayuno. Frente al colegio había una lechería donde por cinco céntimos servían un vaso de café de recuelo con leche de cabras. Este establecimiento era conocido por el cafetín del tío Lucas porque el mozo que servía se llamaba Lucas. El dueño del cafetín, un hombre gordo y eternamente en mangas de camisa, detrás de su mostrador, tenía una personalidad tan borrosa y muda que no había conseguido ni dar su nombre al establecimiento. En cambio el criado era una ardilla.

Al cafetín acudían por las mañanas un público numeroso, compuesto por mendigos y vendedores callejeros. El local se llenaba de ruidos, entre los que destacaba, como nota clara, el chocar de las cucharillas sobre el mármol de las mesas. Separados del público por una baranda de madera veíanse un centenar de cabras que después de pasar la noche esperaban que la gente se marchase para salir al campo, conducidas por el diligente Lucas que al mozo de cafetín añadía el oficio de cabrero. Entre las cabras y el nada limpio público producíase un olor especialísimo. Lo que más me evoca momentos pasados, por lejanos que estos sean, son los olores".
4

La imagen de aquel Madrid del último estrato social, retratado por Baroja en La Busca —libro venerado por el artista—, quedó fuertemente impresionada en la retina de Salvador; escéptico y despegado frente a otros temas, en sus dibujos transmitirá siempre hondura y franqueza en el tratamiento de las gentes humildes del paisaje suburbial de la capital. En tal entorno la educación del mayor de los hermanos Bartolozzi había de resultar bien precaria, y tan sólo enriquecida por su temprana vocación de lector autodidacta:

Pero Salvador no era un niño cualquiera, sino un ser fino y alerta [...] Así se explica que aún en aquellos años tan duros, sin recibir más estudios primarios que los esporádicos de alguna escuela municipal y gratuita, el chico aprendiese. El autodidacta comienza pronto y guiado por su intuición absorbe como una esponja ideas, y conocimientos. En Bartolozzi el curioso y apasionado lector amaneció con las primeras luces de su inteligencia5.

Completó la formación de su personalidad el contacto con la familia materna: la sabiduría aldeana y refranera de la abuela y el desgarro del aire "castizo, barriobajero y chulo" de sus tíos el "Curro" y el "Resalao", fueron ingredientes que, tamizados por el humor, quedarán como rasgos característicos que tendrán fiel reflejo en su estilo literario.

Pasarían varios años hasta que don Lucas alcanzase cierta estabilidad económica: llegado a Madrid en los años sesenta del XIX, el toscano había trabajado como vendedor de estatuillas e imágenes de yeso, primero en un negocio ambulante y después en el establecimiento de la calle Campomanes en el que nació su primogénito. Coincidiendo con la adolescencia de Salvador, el padre mejora su situación al conseguir un puesto como vaciador, su verdadero oficio, en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando y poco después el de jefe de taller de vaciado y reproducciones artísticas de la Escuela; por supuesto, los hijos mayores colaboran como operarios en la tarea del padre, y es entonces cuando nace la vocación artística de Salvador:

El arte prende instantáneo y voraz, sin más que esta primera chispa en el alma del mocito que es ya Salvador. Empieza a dibujar, a modelar y lo que es más importante, a "saber ver". Y a saber ver al mismo tiempo en escultura, en pintura en arquitectura y en grabado. Salvador dibuja y pinta. El artista empieza a formarse técnicamente. Es en realidad un alumno más de la Escuela de Bellas Artes, con la ventaja sobre los otros de que sus obligaciones de operario le habitúan a desentrañar en sus cimientos mismos, no una sola sino todas las claves de las artes plásticas6.

Esta formación académica intensiva forma al joven como artista seguro y dotado de una base técnica sólida7. Adquiere paso a paso una notable versatilidad que en el futuro posibilitará su capacidad de abordar no sólo el dibujo, sino también la escultura y los rudimentos de la arquitectura, aspectos que serán fundamentales para su trabajo como maestro muñequero o escenógrafo8. No obstante, el adolescente, que a sus catorce años publica su primer dibujo en la revista Nuevo Mundo, gusta de escapar de las rigideces de la Academia y —apunta María del Mar Lozano— forma su estilo primero en las calles de Madrid:

Su escuela preferida era la calle, hacer apuntes por los cafés de la calle de Toledo, Lavapiés, deambulando por la Plaza de la Cebada, donde se encontraban los "paletos" que dibujó tantas veces. Iba a los bailes de "la Bombi", donde chulos y modistillas le servirían de modelo9.

Tipos madrileños "En la verbena"Portada del semanario España 223 (17-VII-1919)

Sin duda, el ámbito de la Escuela de Bellas Artes abrió a Salvador nuevas perspectivas y facilitó su acceso a un entorno más amplio de relaciones sociales, lejos de las expectativas miserables de su infancia. Esta apertura pudo impulsarle, a sus diecinueve años, a la búsqueda de nuevas experiencias y decidirle a probar fortuna en la capital del arte europeo.

NOTAS

3 Antonio Espina (op. cit., pp. I-II)

4 Ibídem, p. I.

5 Ibídem, p. III

6 Antonio Espina, op. cit., p. III.

7José Francés recordaría años después la figura de don Lucas:

"Desde los sótanos del vetusto caserón de la calle de Alcalá, rodeado del mundo blanco de las paganas euritmias de los dioses helénicos y de las excelsas mujeres desnudas del ayer, Lucas Bartolozzi iba realizando una labor silenciosa y fecunda, una constante recordación de los cánones clásicos.

Yo conocí al viejo Bartolozzi, un poco brusco, recio y locuaz, con su parla pintoresca y bilingüe, con sus bigotes más blanqueados de la escayola que del tiempo y sus manos ásperas y cordiales" (El año artístico, 1921, Madrid, Mundo Latino, 1922, p. 52).

8 Aunque años después en una entrevista Bartolozzi reniega de aquella formación "Sencilla, naturalmente, sin asumir una premeditada actitud de iconoclasta asegura Bartolozzi que, afortunadamente, ha olvidado cuanto pudieron enseñarle en las aulas de San Fernando" (Fernando de la Milla, "Nuestros dibujantes. Salvador Bartolozzi", La Esfera, 705, 9-VII-1927, p. 14) el gesto debe interpretarse como una muestra de rechazo a las ataduras que los métodos de la formación académica quieren imponer frente a la libertad personal; sin embargo, aun en la arbitrariedad de su factura de y pese a su voluntad de ruptura, se percibe siempre la solidez técnica y el indudable oficio adquiridos en sus años de aprendizaje

9 "Salvador Bartolozzi", art. cit., p. 18.


No hay comentarios: