sábado, agosto 01, 2009

Salvador Bartolozzi: notas para una biografía (5)

Baile apache. 1902


Los apaches de Bartolozzi

(Fuente: Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes)

El ámbito recreado de manera más personal y característica en la obra del joven Bartolozzi surge de la inédita fantasmagoría de la ciudad contemporánea: los rincones ocultos por la dureza de las sombras proyectadas por la moderna luz eléctrica, preferidos por el hampa marginal; los cosmopolitas barrios portuarios, los recovecos y callejuelas que conducen al burdel o al antro que cobija a apaches, chulos y proxenetas; el lado oscuro de las ciudades modernas, que seduce a un artista amigo de aventurarse por barrios bajos, en la penumbra de callejones dudosos.


La atracción de Bartolozzi por lo marginal parece determinada por la trascendental huella que en su biografía supuso el paso por el París de fin de siglo; no sólo por la experiencia vivida en el ambiente de los apaches, sino también por el poso de lecturas e influencias artísticas que, pese a los escasos datos sobre este periodo del dibujante, pueden adivinarse en su obra primera: la huella de Lorrain y el decadentismo literario o la seducción por la vida nocturna Toulouse-Lautrec y la más poetizada visión de Degas. Manuel Abril destaca cómo esta faceta de su arte, en la que combina dichas influencias con un sentido goyesco, fue clave en su triunfo en París, donde deslumbraron sus estampas canallescas:

Era crudo, violento, cruel, sarcástico y a un tiempo mismo sabía dar un atractivo de sombras, de vidas arrastradas o novelescas, algo interior y esencial que indicaba bien a las claras al espectador cómo su propósito no era el de presentar con vulgaridad de realista la crudeza del cuadro, sino lograr ese interés que se manifiesta en toda cosa de la vida igual en lo llamado feo como en lo llamado bonito, y cuyo descubrimiento es el objeto del artista-poeta. Así era Goya, el ennoblecedor de todo lo grotesco, macabro, horrible y desquiciado; el que sabía poner en el mismo rasgo gracia y sátira

Bartolozzi, igualmente deja entrever su simpatía y hasta su entusiasmo sentimental, artístico, por aquel mundo que a un mismo tiempo canta y ensalza con vigor y destreza, con sarcástico ensañamiento.

A los extranjeros y a nosotros nos enseñó un aspecto bien interesante de la España pintoresca. También a los parisienses enseñó con igual vigor y apasionado interés la baja vida parisina.

Esa original simbiosis de crudeza, sátira y entusiasmo sentimental hacia lo marginal se mantendrá en adelante en muchos de sus dibujos originales, así como en no pocas ilustraciones y estampas publicadas, en las que recreará una amplia galería de tipos que abarcan todas las escalas de la degradación:

La prostituta de arrabal, de moño alto, cara de estuco y boca desgarrada en el apache de morrillo recio y mandíbula sanguinaria; la buscona de café y el sinvergüenza de garito; en todo ello acusa las zambras trágicas, los fulgores lívidos, las actitudes siniestras carnavalescamente macabras. [...] Todo esto acentuó, mostró, satirizó, cantó413.


Y dentro del amplio espectro del universo marginal, el mundo de los apaches parisinos ocupa lugar destacado en la obra de Bartolozzi como asunto íntimamente ligado a su propia experiencia vital. El artista se consagró como uno de sus mejores intérpretes, no sólo en el ámbito español sino en el conjunto del arte europeo de la época, frente a los estereotipos y clichés literarios y artísticos que tendían a deformar y estandarizar el tipo del apache.

Ilustración para la novela El lince

Contra tal tendencia, Bartolozzi aporta en sus dibujos, además del valor de su testimonio de primera mano, una singular perspectiva: aun sin eludir sus rasgos negativos, se inclina por mostrar abiertamente su simpatía por el personaje, exaltando la pose desafiante de la que se podría considerar primera "tribu urbana" del siglo XX. Más allá de la rebeldía bohemia, sobre la que iba pesando toda una tradición melodramática y sentimentaloide, ensalza Bartolozzi la autenticidad de la postura ácrata, primitiva y bárbara del apache frente a las convenciones de la sociedad burguesa y bienpensante de su tiempo.

Identificados por su peculiar argot —que Bartolozzi dominaba a la perfección—, por sus tatuajes y atuendos pintorescos, por la pasional violencia de sus relaciones amorosas o el peculiar desgarro canallesco de sus bailes, los apaches parisinos habían de convertirse pronto en motivo habitual en la literatura y el teatro de fin de siglo. Su perfil literario fue consagrado en la narrativa del citado Jean Lorrain, Francis Carco o Charles Louis Philippe, reduciéndose posteriormente a cliché en multitud de relatos publicados en las colecciones populares de novelas; su imagen será pronto familiar para el gran público de toda Europa al incorporarse como protagonista de los repertorios de teatro de Grand-Guignol, las apachinerías de las revistas del music-hall o de las películas del naciente cinematógrafo414.



Una versión edulcorada del baile apache de los años treinta. Puede verse otra humorística aquí

Como consecuencia de esta enorme difusión se fue formando un estereotipo falseado del apache, que llegará a nutrir el esnobismo de los salones burgueses, asimilado como una moda más del vestir femenino. Superados en su violencia por la locura de la Gran Guerra y en el atrevimiento de su estética por las nuevas modas, los apaches y sus antros se integrarán en las rutas parisinas del turismo cosmopolita, que satirizara el genial Jardiel Poncela en su primera novela, Amor se escribe sin hache; ante los burgueses ansiosos de emociones fuertes se exhibirán los tipos pintorescos difundidos por la literatura y el teatro: la mujer vistiendo traje negro de falda corta y delantal rojo, con la cinta roja al cuello y peinado de moño alto; el tipo atlético y fornido, con el atuendo clásico, pantalón de pana acampanado, camisetas de ciclista y gorras fantásticas. Se reducía de esta forma al disfraz y a la escenificación banal lo que en origen eran signos distintivos y casi tribales415.

Apaches en la versión de los célebres muñecos de Bartolozzi


Con un tratamiento mucho más riguroso y auténtico, los apaches fueron asunto permanente en la obra más personal de Bartolozzi, que expuso distintos dibujos originales en los Salones de Humoristas —al menos en los madrileños de 1920 y 1922, en el de Barcelona de 1916 y en el de Lisboa de 1920—. También frecuenta el motivo en sus fantásticos muñecos de trapo, por ejemplo, en aquella expresiva pareja "El apache y su compañera" presentada en el VI Salón de Humoristas.

No faltan dibujos e ilustraciones sobre el tema en las páginas de prensa o en colecciones de novela, que por sí mismas dan fe de la originalidad del tratamiento de Bartolozzi frente a la visión más estereotipada de otros dibujantes españoles416. Manuel Abril incluye en el artículo que dedicara al artista en 1913 un primer dibujo sobre el tema, trazado a pluma con trazo limpio y sutil combinado con un denso entramado de líneas para los cabellos y las camisetas de los hombres. Este apunte pudo servir como esbozo del magnífico dibujo publicado dos años después en las páginas artísticas de La Esfera con el título "Tipos parisienses. Apaches en un cabaret". Presenta la misma composición del anterior, pero situando ahora a los personajes en el escenario de un astroso cabaret de paredes manchadas, con el único detalle de ambiente de un deteriorado anuncio de bebidas; además el uso expresivo de la mancha y el color417.

No menos convincente es otra escena de taberna que aparece entre las ilustraciones de la novela El lince, publicada en la colección La Novela de Ahora. Retrata a cuatro individuos —"tipos admirables de canallas" según los define el texto al pie— en una composición sin fondos, con un trazo de gran expresividad a base de una técnica mixta que parece combinar pluma, manchas de tinta y lápiz418.

Ilustración para "El alma sin cuerpo" cuento de José Frances en La Esfera (23-III-1918)


La expresión de la relación de pareja, definida por la total sumisión femenina y la celosa y susceptible vigilancia del hombre, vuelve a ser el asunto de otro dibujo que sirve como ilustración a una crónica de Hoyos y Vinent publicada en Los Contemporáneos con el título "La escuela de Caco". En este texto de 1916 el escritor advierte de la paulatina decadencia del mundo de los apaches, en una época en que la frivolidad de la belle époque había transformado sus garitos de París en un espectáculo pintoresco y a ridiculizar su estereotipo en los teatros. No obstante, todavía existían reductos de auténtica marginalidad y, como constata el autor, algunos de sus miembros habían sentado en Madrid sus reales, huyendo de la Guerra. En un retrato en el que puede adivinarse cierta secreta delectación, Hoyos describe la fisonomía masculina del apache en contraste con la estampa más vulgar del ratero español:

Físicamente, el apache no es como nuestros pícaros que, discípulos del dómine Cabra, suelen ser esmirriados, enjutos y cetrinos; por el contrario, el tipo apache es costaud: ancho de hombros y de cuello cuadrado, las facciones duras y los ojos verdes o azules.


El dibujo de Bartolozzi, sencillo de trazo, con detalles de color en azul y rojo, responde perfectamente a dicha descripción, caracterizando al hombre como figura robusta, de rostro marcado y cierto mohín de desprecio, modelo de un peculiar canon de belleza masculina. El mismo tipo recio, aunque más hosco de catadura, presenta uno de los personajes de una de las ilustraciones de "El alma sin cuerpo" de José Francés; un dibujo muy libremente ligado al relato y menos atractivo que los anteriores419. Otro tipo más juvenil e ingenuo aparece en una de las ilustraciones de La Piel, novela de Hernández Catá publicada en El Libro Popular: un despreocupado personaje, con la clásica camiseta de ciclista y la gorra, que duerme a pierna suelta con la mano en el bolsillo420.

No faltan tampoco ilustraciones realizadas expresamente para un relato "de apaches": se trata de "Así...", un cuento de Antonio Bermejo de la Rica publicado en La Esfera que, pese a su escaso pulso narrativo, es interesante por la perspectiva con la que aborda el asunto: un apache de la Villete que se revela contra la parodia a la que se prestan sus compañeros para entretener al público burgués. Los dibujos de Bartolozzi superan con mucho los convencionalismos del texto421.


Retrato de una de las figuras emblemáticas de los Apaches de París, la Casque d'Or, por Toulouse-Lautrec (1890)

NOTAS

413 Manuel Abril, "Artistas españoles. Salvador Bartolozzi", art. cit., p. 86-88.

414 Sobre el mundo de los apaches y su repercusión en la literatura española, véase: Jesús Rubio Jiménez, "Una de apaches: La hija del capitán", Anthropos, 158-159 (julio-agosto, 1994), pp. 104-109. Poseen diverso intéres algunos artículos y crónicas de la época: Luis F. Heredia comenta el tratamiento del asunto en la caricatura francesa y advierte del peligro de la llegada de los apaches a España huyendo de la guerra ("Los apaches y los caricaturistas franceses", La Esfera, 102, 11-XII-1915, con dibujos de Steinlen, Herman Paul, Roubille entre otros); preocupado por la moralidad pública, A. R. Bonnat lamenta y censura el hecho que el snobismo y la curiosidad malsana hubiesen convertido al apache en una figura literaria atrayente para el gran público de la época ("El triunfo de los apaches, La Esfera, 462, 11-XI-1922); por su parte, Ángel Guerra destaca el atractivo de la figura del apache y, a propósito de la novela Bubú de Montparnasse, de Charles Louis Philippe, subraya su carácter bárbaro conforme a un concepto de fuerza y brutalidad desencadenada, opuesto al diletantismo y la dulzura de la literatura anterior ("La literatura. Patología social. Del vivir de los apaches", La Esfera, 808, 31-VII-1929). Tampoco faltan ejemplos literarios españoles como la novela corta El mundo de los apaches, de Agustín Mártínez Olmedilla ilustrada por Loygorri (Los Contemporáneos, 400 (25-VIII-1916), o la más festiva Los señores apaches de Joaquin Belda (La Novela de Hoy, 299 (3-II-1928); esta última incluye un prólogo de Wenceslao Férnandez Flórez en el que constata el declive del fenómeno, primero por la crueldad de la Gran Guerra que había dejado en anécdota la pretendida fiereza del apache, y, finalmente, por la extravagancia de la moda de los veinte que había anulado el efecto impactante de su imagen.

415 Enrique Jardiel Poncela, Amor se escribe sin hache, Madrid, Cátedra, 1990, pp. 259-272. Antes de la divertida escena en la que Zambombo atemoriza a los supuestos apaches de un tugurio parisino, el Autor comenta la obligación a la que se ve abocado de trasladar a los lectores a los bajos fondos parisinos, "cosa que no puede dejar de suceder en ninguna novela de amor medianamente honorable"; pero advierte: "la Realidad es que en París ya no quedan apaches [...] se les ha sacado tanto jugo literariamente, se les ha exprimido en las cuartillas con tanta frecuencia, que han acabado por despachurrarse del todo. Y los pocos que quedan, están a sueldo de las compañías cinematográficas". Como hipótesis, pudiera señalarse a Bartolozzi, a quien Jardiel frecuentaba en la época de redacción de la novela en las citas sabáticas de Pombo, como posible fuente para los incomprensibles diálogos en argot que reproduce en dicho capítulo.

416 Pueden verse algunos ejemplos: la visión más amable y humorística de Ribas en sus "Tres apaches" expuestos en el Salón Humoristas de 1917 (reproducido en El año artístico 1917, op. cit, p. 24), la versión de Alonso en la ilustración del citado articulo "El triunfo de los apaches", o la más personal y sugestiva de Cerezo Vallejo, "Los apaches", La Esfera, 38 (19-IX-1914).

417 Manuel Abril, "Artistas españoles. Salvador Bartolozzi", art. cit., p. 89; Salvador Bartolozzi, "Tipos parisienses. Apaches en un cabaret", La Esfera, 54 (9-I-1915).

418 Michel Corday y André Couvreur, El Lince, La novela de Ahora, núm. 146, p. 58.

419 Antonio de Hoyos y Vinent, "La escuela de Caco" en Mientras en Europa mueren..., Los Contemporáneos, 416 (29-XII-1916); José Francés, "El alma sin cuerpo", La Esfera, 221 (23-III-1918).

420 Antonio Hernández Catá, La piel, op. cit., p. 499.

421 Antonio Bermejo de la Rica, "Así...", La Esfera, 399 (27-VIII-1921). Mucho más convencionales son las figuras de "El hábito no hace..", dibujo original que siguiendo el esquema de "antaño-ogaño" presenta una pareja primero como dos apaches y después convertidos en elegantes (Nuevo Mundo,1509, 22-XII-1922).

1 comentario:

Cani dijo...

Hola, me he encontrado con tu blog buscando imagenes en google, como no he leido nada en contra me he atrevido a publicar una en mi blog, "Claroscuro.." si tienes algo en contra me lo comunicas y la retiro.
Gracias, un saludo