domingo, enero 10, 2010

Salvador Bartolozzi. La profesión de dibujante (2)


Salvador Bartolozzi es uno de los dibujantes que mejor ejemplifican la nueva concepción de la ilustración gráfica que se va imponiendo a partir de 1910 en la prensa y el mundo editorial madrileño: el trabajo del ilustrador basado en la sugerencia y en la interpretación personal del texto, frente al dibujo redundante y anecdótico dominante en la ilustración decimonónica. Así, a juicio de Manuel Abril, el perfil artístico de Bartolozzi y su peculiar postura ante la realidad lo facultaban como ilustrador idóneo:

Su espíritu es de esta finura de percepción y de esta idealidad que constituyen la cualidad artística que han dado en llamar "literatura".
A mucha honra para él, pues esto de hacer literatura suele significar que el artista que tal hace se preocupa poco de los cascotes de la vida y busca el carácter, la expresión, " lo que llega al alma".
Él es, antes que nada, un espectador poeta que ve los espectáculos de la calle y del corazón: los penetra, se los asimila, los caldea con su propio calor y así los da luego, sirviéndose para ello del color y la línea, sus medios expresivos.
Por eso Bartolozzi es un excelente ilustrador [...] Se identifica, no precisamente con el personaje, ni con el episodio tal o cual de la novela —está demasiado bien orientado para eso—: se identifica con el espíritu general y predominante de la obra y da el tono de ella en una figura, en un grupo, en una composición de fantasía101.


En clara coincidencia, Margarita Nelken pondera el vigor del dibujo de Bartolozzi y su capacidad de sobreponerse a la mediocridad de las condiciones del mercado editorial español:

¿Ilustrador? A la fuerza; obligado, por la vida cuotidiana tan estrecha e ingrata del artista español, a yuxtaponer sus sensaciones a las sensaciones que le dan ya resueltas, pero, por la inmensidad de las suyas, por su fuerza propia, agranda más que ilustra y parece siempre bordar en un cañamazo liso.
Tiene demasiada intensidad para encerrarla en el marco de una historia o de un verso; y se piensa con estupefacción en lo que Bartolozzi haría siendo inglés, francés o alemán, y pudiendo publicar dibujos que fueran ellos solos el libro, o poniendo, junto a baladas y poemas que todo lo admiten por lo que sugieren más que por lo que dicen, páginas dibujadas con toda la libertad, toda la anarquía y toda la disciplina de su imaginación [...]
De París traía algo importantísimo, algo que debía constituir toda la esencialidad y la potencia de su arte: el odio al arte únicamente decorativo, un odio hecho de desprecio hacia el triunfo que veía tan fácil de todo lo que es belleza y combinación superficiales, estilos adquiridos con martingalas y con normas encontradas y una vez para siempre en los arreglos vistos de lo que no es más que vistosidad. Y por eso Bartolozzi es mucho más que un dibujante ilustrador; es otra cosa que el artista de oficio aviniéndose a todo lo que se le imponga. Él conoce la vacuidad de la apariencia que sólo es apariencia y si su obra se destaca tan tremendamente de las obras de todos los ilustradores es porque todo dibujo de él lleva dentro su fuerza propia y muy segura102
Obviamente, en la dilatada trayectoria de Bartolozzi no todo son aciertos, considerando tanto la mediocridad de un porcentaje elevado de los encargos, como los vaivenes de su propia inspiración. El propio dibujante, consciente de estas limitaciones, en la entrevista de Fernando de la Milla se queja de las exigencias de esta labor y descubre la postura que mediados los años veinte, decidió adoptar a la hora de afrontar textos anodinos:

Después... ilustrador. La tragedia de ser ilustrador, de tener que asociarse forzosamente a las inspiraciones ajenas. Y menos mal... menos mal que procuro salvarme cuando tengo que ilustrar ñoñeces ¿Procedimiento? hacer dibujos ingenuos, de una candorosa infantilidad. Aparentemente, claro está. Porque suele ser terrible la elaboración de ese infantilismo deliberado103.



No obstante, junto a la multitud de "ñoñeces" a las que Bartolozzi alude, lo cierto es que por sus manos pasaron textos de escritores europeos de la talla de Chejov, Tourgueneff, H.G. Wells, D'Annunzio, así como de los mejores literatos españoles e hispanoamericanos de la época y de los más populares, poetas, novelistas y dramaturgos; Bartolozzi fue lector privilegiado e intérprete de las distintas generaciones y tendencias literarias que publicaron su obra en el primer tercio de siglo: Pérez Galdós, Clarín, la Condesa de Pardo Bazán, Iglesias Picón, Unamuno, Azorín, Valle-Inclán, Manuel Bueno, Rubén Darío, Juan Ramón Jiménez, Manuel Machado, Amado Nervo, Enrique de Mesa, Francisco Villaespesa, Eduardo Marquina, Goy de Silva, Emilio Carrere, Linares Rivas, los hermanos Quintero, Martínez Sierra, Fernández Ardavín, Blasco Ibáñez, Joaquín Dicenta, Ricardo León, Concha Espina, Pedro de Répide, Eduardo Zamacois, Felipe Trigo, Antonio de Hoyos, Alberto Insúa, José Francés, Hernández Catá, García Sanchiz, Pérez de Ayala, Fernández Flórez, Francisco y Julio Camba, Ramón Gómez de la Serna, Ramírez Ángel, Cansinos Assens, Tomás Borrás, Manuel Abril, Valentín de Pedro, Antonio Espina, Antonio Robles, Margarita Nelken, Magda Donato, Elena Fortún, López Rubio, Pemán... De todos ellos, y de otros hoy olvidados, el dibujante ofreció su siempre sugestiva interpretación; como señala Francesc Fontbona:

[...] la obra de Bartolozzi progresó por un camino muy personal, delicado y creativo, que le sitúa entre los más contundentes definidores de la imagen gráfica de la literatura castellana de entre guerras104.


(todas las imágenes proceden de La Esfera 1914 y 1915)
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NOTAS
101 Manuel Abril, "Artistas españoles. Salvador Bartolozzi", art. cit. p. 81.
102 Margarita Nelken, op. cit., 147-150.
103 Fernando de la Milla, "Nuestros dibujantes. Salvador Bartolozzi", art. cit., p. 15.
104 Francesc Fontbona, op.cit., p. 231.

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