viernes, julio 31, 2009

Salvador Bartolozzi: notas para una biografía (3)

Cartel del Ceregumil de Bartolozzi y Tono

El primer amor

Sobre una anécdota de sus años de adolescencia referida a su primer amor, Bartolozzi escribe uno de sus pocos textos autobiográficos con su característico humor. Publicado en la revista Crónica en 1935:

La primera vez que me enamoré fue de una señora cubana que se llamaba Tula; llevaba unas batas preciosas con muchos lazos y muchos encajes; tenía un loro y cantaba canciones acompañándose con una guitarra. Vivía en la misma casa que mi familia, aunque no en las mismas condiciones, pues ella no pagaba alquiler, por la sencilla razón de que la visitaba con frecuencia un señor asmático que abría la boca como un pez al subir la escalera, y que aquel señor era el casero. Yo tenía entonces catorce años; era tímido, y sin saber lo qué, esperaba. Supe que, además del casero, también cortejaba con éxito a la bella Tula un escultor. Y seguí esperando. Luego me enteré de que con el casero y el escultor obtenía los favores de la cubana un tío mío. Aquello era para desesperarse; pero durante algún tiempo más seguí esperando. Mas estaba escrito que mi amor había de permanecer platónico, y si bien el tiempo fue borrándolo de mi corazón infantil, ha dejado en mi alma un entusiasmo singular por las canciones cubanas, las batas emperifolladas y los loros, y una antipatía extraordinaria por los señores que resoplan al subir las escaleras, sobre todo si da la casualidad de que son caseros míos"

("¿Quiere usted contarme la historia de su primer amor? [confesiones recogidas por Blanca Silveira-Armesto]", Crónica, 27-XII-1935; el reportaje incluye también las respuestas de Magda Donato, Hernández-Catá y Federico García Sanchiz, y las respectivas fotografías de los personajes).

Salvador Bartolozzi: notas para una biografía (2)

Ilustración para el texto de Joaquín Dicenta "De la vida que pasa. Juego de Chiquillos", La Esfera 144 (30-IX-1916)

1.Infancia y adolescencia. La Escuela de Bellas Artes de San Fernando. Fuente: Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes

Salvador Bartolozzi Rubio, nacido en Madrid el 6 de abril de 1882, era el primogénito de Lucas Bartolozzi, toscano natural de Lucca, y Obdulia Rubio, segoviana de Villacastín. El matrimonio tuvo otros tres hijos: Benito, que alcanzaría cierto renombre como escultor, Paquita y Carlos.

Antonio Espina transcribe un texto del propio dibujante, "una autobiografía de la que sólo llegó a trazar tres cuartillas manuscritas" en la que esboza algunos recuerdos de estos primeros años de su infancia y su adolescencia, marcados por la muy precaria situación económica de la familia3; su tono evocador no esconde cierta impresión dolorosa, pues, como apunta su biógrafo: "Salvador Bartolozzi recordaba como una pesadilla aquel amargo tiempo de su niñez y comienzos de adolescencia ensombrecido por la miseria. (Por eso la tuvo tanto terror durante toda su vida)" 4. Este es el capítulo inicial y único titulado "Mi infancia":

"Nací el 6 de abril del año 1882, en la calle de Campomanes, donde mis padres tenían una tiendecita de figurillas de escayola. Mi madre era segoviana, de Villacastín. Mi padre era italiano, de Toscana

Mal debían de andar los negocios en la tiendecita, porque poco tiempo después de nacer yo, mis padres levantaron el tabanque y se trasladaron a una casa de la calle Claudio Coello, donde se instalaron en un sotabanco interior. Allí nació, año y medio después que yo, mi hermano Benito.
Mi padre era vaciador y trabajaba —cuando podía— en estudios de escultores o en el taller de vaciado de la Escuela de Bellas Artes de San Fernando. Cuando había trabajo la cosa no marchaba del todo mal, pero en las temporadas en que éste escaseaba mi madre —mujer resignadamente laboriosa— tenía que subvenir a las necesidades del hogar, empleándose como asistenta y haciendo, como ella decía de un céntimo, dos.

Una circunstancia trágica —el suicidio del portero— dejó vacante la portería de la casa donde vivíamos y mi madre solicitó y obtuvo este empleo, retribuido con una habitación gratis y tres duros de salario al mes. La habitación se componía de tres piezas: la cocina y dos cuartos más amén de un minúsculo retrete. La portería estaba enclavada en la planta baja, al nivel de los sótanos y abría sus puertas a dos patios, uno delantero y trasero el otro. Ventanas no tenía.



Toda mi infancia y gran parte de mi juventud pasaron en este cuchitril, donde transcurrieron mis años más claros y mis sueños más exaltados. Recuerdo ahora mi vida miserable de aquellos primeros tiempos, ¡y, sin embargo!...
En aquella portería empecé a vivir, a soñar, a amar, a creer en mí... ¡a desconfiar de mi! He vivido en muchos sitios, en diversos países, pero de ninguno guardo un recuerdo tan emocionado como de aquella humilde portería de la calle de Claudio Coello.

Cuando bajamos a la portería tendría yo mis buenos cinco años. Madrid era entonces una gran ciudad que limitaba al norte con la calle de Lista, al sur con la antigua iglesia de la Concepción, al este con la calle de Velázquez y al oeste con el hotel de Villapadierna. A medida que fui creciendo estas fronteras fueron ensanchándose.
Mis padres acordaron mandarnos al colegio; en mi casa estorbábamos y en la calle nos rompíamos mucho. Mi pobre madre no daba abasto para remendar delantales y pantalones. El colegio —municipal— estaba situado en la misma calle de Claudio Coello entre la de Ayala y la de Hermosilla.

Mi hermano y yo salíamos temprano con algunos trozos de pan de la víspera y diez céntimos que mi madre nos entregaba para el desayuno. Frente al colegio había una lechería donde por cinco céntimos servían un vaso de café de recuelo con leche de cabras. Este establecimiento era conocido por el cafetín del tío Lucas porque el mozo que servía se llamaba Lucas. El dueño del cafetín, un hombre gordo y eternamente en mangas de camisa, detrás de su mostrador, tenía una personalidad tan borrosa y muda que no había conseguido ni dar su nombre al establecimiento. En cambio el criado era una ardilla.

Al cafetín acudían por las mañanas un público numeroso, compuesto por mendigos y vendedores callejeros. El local se llenaba de ruidos, entre los que destacaba, como nota clara, el chocar de las cucharillas sobre el mármol de las mesas. Separados del público por una baranda de madera veíanse un centenar de cabras que después de pasar la noche esperaban que la gente se marchase para salir al campo, conducidas por el diligente Lucas que al mozo de cafetín añadía el oficio de cabrero. Entre las cabras y el nada limpio público producíase un olor especialísimo. Lo que más me evoca momentos pasados, por lejanos que estos sean, son los olores".
4

La imagen de aquel Madrid del último estrato social, retratado por Baroja en La Busca —libro venerado por el artista—, quedó fuertemente impresionada en la retina de Salvador; escéptico y despegado frente a otros temas, en sus dibujos transmitirá siempre hondura y franqueza en el tratamiento de las gentes humildes del paisaje suburbial de la capital. En tal entorno la educación del mayor de los hermanos Bartolozzi había de resultar bien precaria, y tan sólo enriquecida por su temprana vocación de lector autodidacta:

Pero Salvador no era un niño cualquiera, sino un ser fino y alerta [...] Así se explica que aún en aquellos años tan duros, sin recibir más estudios primarios que los esporádicos de alguna escuela municipal y gratuita, el chico aprendiese. El autodidacta comienza pronto y guiado por su intuición absorbe como una esponja ideas, y conocimientos. En Bartolozzi el curioso y apasionado lector amaneció con las primeras luces de su inteligencia5.

Completó la formación de su personalidad el contacto con la familia materna: la sabiduría aldeana y refranera de la abuela y el desgarro del aire "castizo, barriobajero y chulo" de sus tíos el "Curro" y el "Resalao", fueron ingredientes que, tamizados por el humor, quedarán como rasgos característicos que tendrán fiel reflejo en su estilo literario.

Pasarían varios años hasta que don Lucas alcanzase cierta estabilidad económica: llegado a Madrid en los años sesenta del XIX, el toscano había trabajado como vendedor de estatuillas e imágenes de yeso, primero en un negocio ambulante y después en el establecimiento de la calle Campomanes en el que nació su primogénito. Coincidiendo con la adolescencia de Salvador, el padre mejora su situación al conseguir un puesto como vaciador, su verdadero oficio, en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando y poco después el de jefe de taller de vaciado y reproducciones artísticas de la Escuela; por supuesto, los hijos mayores colaboran como operarios en la tarea del padre, y es entonces cuando nace la vocación artística de Salvador:

El arte prende instantáneo y voraz, sin más que esta primera chispa en el alma del mocito que es ya Salvador. Empieza a dibujar, a modelar y lo que es más importante, a "saber ver". Y a saber ver al mismo tiempo en escultura, en pintura en arquitectura y en grabado. Salvador dibuja y pinta. El artista empieza a formarse técnicamente. Es en realidad un alumno más de la Escuela de Bellas Artes, con la ventaja sobre los otros de que sus obligaciones de operario le habitúan a desentrañar en sus cimientos mismos, no una sola sino todas las claves de las artes plásticas6.

Esta formación académica intensiva forma al joven como artista seguro y dotado de una base técnica sólida7. Adquiere paso a paso una notable versatilidad que en el futuro posibilitará su capacidad de abordar no sólo el dibujo, sino también la escultura y los rudimentos de la arquitectura, aspectos que serán fundamentales para su trabajo como maestro muñequero o escenógrafo8. No obstante, el adolescente, que a sus catorce años publica su primer dibujo en la revista Nuevo Mundo, gusta de escapar de las rigideces de la Academia y —apunta María del Mar Lozano— forma su estilo primero en las calles de Madrid:

Su escuela preferida era la calle, hacer apuntes por los cafés de la calle de Toledo, Lavapiés, deambulando por la Plaza de la Cebada, donde se encontraban los "paletos" que dibujó tantas veces. Iba a los bailes de "la Bombi", donde chulos y modistillas le servirían de modelo9.

Tipos madrileños "En la verbena"Portada del semanario España 223 (17-VII-1919)

Sin duda, el ámbito de la Escuela de Bellas Artes abrió a Salvador nuevas perspectivas y facilitó su acceso a un entorno más amplio de relaciones sociales, lejos de las expectativas miserables de su infancia. Esta apertura pudo impulsarle, a sus diecinueve años, a la búsqueda de nuevas experiencias y decidirle a probar fortuna en la capital del arte europeo.

NOTAS

3 Antonio Espina (op. cit., pp. I-II)

4 Ibídem, p. I.

5 Ibídem, p. III

6 Antonio Espina, op. cit., p. III.

7José Francés recordaría años después la figura de don Lucas:

"Desde los sótanos del vetusto caserón de la calle de Alcalá, rodeado del mundo blanco de las paganas euritmias de los dioses helénicos y de las excelsas mujeres desnudas del ayer, Lucas Bartolozzi iba realizando una labor silenciosa y fecunda, una constante recordación de los cánones clásicos.

Yo conocí al viejo Bartolozzi, un poco brusco, recio y locuaz, con su parla pintoresca y bilingüe, con sus bigotes más blanqueados de la escayola que del tiempo y sus manos ásperas y cordiales" (El año artístico, 1921, Madrid, Mundo Latino, 1922, p. 52).

8 Aunque años después en una entrevista Bartolozzi reniega de aquella formación "Sencilla, naturalmente, sin asumir una premeditada actitud de iconoclasta asegura Bartolozzi que, afortunadamente, ha olvidado cuanto pudieron enseñarle en las aulas de San Fernando" (Fernando de la Milla, "Nuestros dibujantes. Salvador Bartolozzi", La Esfera, 705, 9-VII-1927, p. 14) el gesto debe interpretarse como una muestra de rechazo a las ataduras que los métodos de la formación académica quieren imponer frente a la libertad personal; sin embargo, aun en la arbitrariedad de su factura de y pese a su voluntad de ruptura, se percibe siempre la solidez técnica y el indudable oficio adquiridos en sus años de aprendizaje

9 "Salvador Bartolozzi", art. cit., p. 18.


jueves, julio 30, 2009

Salvador Bartolozzi: notas para una biografía (1)

Autocaricatura de Salvador Bartolozzi

Fuente: Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes

A tan notable biógrafo como Antonio Espina se debe la semblanza más completa de Salvador Bartolozzi, publicada en 1951 como prólogo a una colección de dibujos y apuntes del artista1. Se trata de un breve pero denso retrato, en tono de homenaje por parte del entonces compañero de exilio hacia el artista y el amigo recién fallecido; su interés radica, más que en la precisión cronológica, en el valor del testimonio de primera mano y en su reflejo de multitud de detalles de la intimidad del dibujante.

Las páginas de Espina han servido de base para los escasos artículos o estudios posteriores y únicamente los escritos de los nietos del artista, María de Mar y Pedro Lozano Bartolozzi, aportan nuevos detalles biográficos de verdadero interés2.

Más abundantes son los retratos y retazos biográficos dispersos de literatos y periodistas del entorno personal de Bartolozzi, como Manuel Abril, Tomás Borrás, Margarita Nelken, José Francés o Felipe Lluch, destacando singularmente los escritos por Ramón Gómez de la Serna por su fuerza evocadora y proximidad vital y emocional con el personaje.

Al enriquecimiento de este perfil biográfico deben añadirse las escasas entrevistas concedidas a la prensa por Bartolozzi y algunos reportajes gráficos de carácter anecdótico que ilustran la notoriedad que como personaje público alcanzó en los años veinte y treinta y, finalmente, las pinturas, dibujos y caricaturas que dan fe de cómo lo vieron artistas y dibujantes como Gutiérrez Solana, K-Hito, Fresno, Sirio o Abín y de cómo se vio a sí mismo.

Con todo, quedan todavía muchos puntos oscuros e incógnitas que habrán de despejar investigaciones venideras para trazar un relato biográfico completo de un personaje ya de por sí amigo de la discreción, muchas de cuyas huellas fueron además borradas por los acontecimientos de la Guerra Civil.


NOTAS

1 Antonio Espina, "Bartolozzi", prólogo a Salvador Bartolozzi. Monografía de su obra, Méjico, Editorial Unión, 1951.

2 María del Mar Lozano Bartolozzi ha publicado los siguientes artículos: "Salvador Bartolozzi" Revista de Bellas Artes, 74, núm. 30, Madrid, 1974, pp. 17-72; "Salvador Bartolozzi, entre las vanguardias y el casticismo. (La colección de dibujos originales de Blanco y Negro), Norba-Arte, V, Departamento de Historia del Arte, Universidad de Extremadura, 1984, pp. 243-255; "Encuentros artísticos de Castelao y los Bartolozzi. Los Salones de Humoristas", en Actas del Congreso Castelao, Santiago de Compostela, Universidad de Santiago de Compostela, Xunta de Galicia, Fundación Castelao, 1989, pp. 495-519; "Los carteles y el arte publicitario de Salvador Bartolozzi (1882-1950)", Norba-Arte, XII, Departamento de Historia del Arte, Universidad de Extremadura, 1992; "La colección de dibujos de Salvador Bartolozzi en el Museo Municipal de Madrid" en Madrid en el contexto de lo Hispánico en la época de los descubrimientos, Madrid, Universidad Complutense, 1994, T. I, pp. 517-534. El libro de Pedro Lozano Bartolozzi, Pedro y Pitti, (Ayuntamiento de Pamplona, 1986) dedicado a sus padres, incluye también algunas significativas referencias al dibujante. Con posterioridad a la redacción de estas notas María del Mar Lozano publicó el catálogo de la Exposición Salvador Bartolozzi (1882-1950) Dibujante castizo y cosmoposita, en 2007.

domingo, julio 26, 2009

La portera de mi casa en Pirineos Sur

En el concierto que cerraba el festival Pirineos Sur los Titiriteros de Binefar han puesto por primera vez en escena la canción La portera de mi casa para la que les dibujé unas figuras planas móviles. Los Titiriteros presentaban su nuevo disco Es un pañuelo con un concierto muy especial, con la participación de grandes músicos amigos del grupo, y un coro de niños de Binefar. En la presentación de la canción -que luego interpretaron con la destreza y alegría inigualable de los Titiriteros- Paco Paricio tuvo el gran detalle de dedicarme unas palabras (¡Gracias Paco!)

Las porteras en acción

Todos los muñecos en escena (fotos de Santiago Cabello)

Por su parte The Root Puppets han realizado un gran trabajo en la construcción de todas las figuras. Me envían algunas de las fotos del proceso de construcción de las figuras en su taller.

La portera vieja

La portera joven

El marqués que se chupa los piés

La institutriz con nariz de berenjena

La institutriz con nariz de guisante

Escenario de Pirineos Sur en Lanuza

miércoles, julio 15, 2009

The Root Puppets en acción

Va avanzando la construcción de los muñecos móviles para el espectáculo Los Babios de Titiriteros de Binefar. Puede verse el proceso en el blog que han abierto The Root puppets: http://www.losbabios.blogspot.com/

Movimiento para el marquesito que chupa los cristales:

miércoles, julio 08, 2009

La mascota de Celia

El pasado curso dibujé para la comarca de Valdejalón una campaña de reciclaje especialmente dirigida a los niños. El origen fue un concurso de mascotas que convocó a los escolares de la comarca y que ganó brillantemente Celia Cabañero. Terminado el curso le han dado este diploma y el premio correspondiente en material escolar. ¡Felicidades, Celia!

la mascota ganadora de Celia

lunes, julio 06, 2009

sábado, julio 04, 2009

Los muertos y las muertas en La Casa del Doncel de Sigüenza

Exterior de la Casa del Doncel, en la plaza de San Vicente

El jueves día 2 de julio se inauguró la exposición "Los muertos y las muertas" en La Casa de Doncel de Sigüenza, en la Plaza de San Vicente, 1. Se podrá visitar de martes a sábado en horario de 11 a 14 y de 17 a 19 h. (los viernes y sábados hasta las 20 h. y los domingos sólo por las mañanas). La muestra se presenta en la villa seguntina tras su paso por Alcalá de Henares y Alicante.


Foto Javier Bravo
Presentaron el acto el director de la Fundación General de la Universidad de Alcala, Arsenio Lope Huerta, junto con el alcalde de Sigüenza Francisco Domingo y el autor. También asistieron el cronista oficial de la ciudad D. Juan Antonio Martínez Gómez-Gordo, el responsable del Programa de Humor Gráfico de la FGUA, Juan García Cerrada y otros concejales y vecinos de la ciudad.

Francisco Domingo y Arsenio Lope Huerta en la presentación de la exposición
Junto al Alcalde y el director de la FGUA, otros concejales, D. Juan Antonio Martínez Gómez-Gordo y Juan García Cerrada
Fotografías de Javier Bravo

Vistas de la sala

Pueden verse más detalles en la web de la FGUA , ABC o en La Tribuna de Guadalajara


Algunos visitantes el día de la inauguración